2060, un vistazo al pasado

Es curioso recordar como comenzó todo esto. En los comienzos del siglo XXI se libró una intensa batalla por el control de la primera internet, aquella Red cuyos cambios arrasaron con sectores enteros y crearon nuevas formas de distribución del conocimiento sin las cuales este siglo habría sido una sombra de lo que es.

En aquel entonces había una industria dedicada a la distribución de soportes de plástico. Esto requiere una explicación: hace décadas, el coste de almacenamiento era tan alto que eran necesarios soportes de algún tipo para guardar la información: música, películas o incluso programas de ordenador (sí, entonces los programas se instalaban en cada ordenador) y se distribuían en discos de plástico que guardaban sólo 74 minutos de sonido o un par de horas de vídeo. Había industrias enteras dedicadas a grabar, distribuir físicamente los soportes y venderlos en tiendas, en una cadena en la que quien menos cobraba era el autor.

Cuando aparecieron los soportes regrabables y los discos duros, la gente empezó a poder "copiar" la información, algo que no gustaba a aquellas industrias, entonces muy poderosas. Así que se creó un "impuesto" para que aquellos soportes de datos reportaran dinero a la industria, fueran o no dedicados a crear "copias" de aquellas obras protegidas. Cada vez que se vendía un soporte vacío, el comprador pagaba hasta el doble de su precio en ese "impuesto", que recaudaba una sociedad en régimen de monopolio (hoy ilegalizada, precisamente por sus prácticas monopolísticas). Esa sociedad agrupaba, pintorescamente, tanto a la industria de intermediarios como a todos los músicos, pero por lo general era dirigida por músicos venidos a menos que veían en la protección policial de sus "derechos" la manera de seguir financiándose. Su cercanía con el poder político hacía el resto.

El auge de internet en la primera década del siglo fue lo que cambió todo y ha conducido a la época actual. Hoy se produce más música que nunca en la historia y hay más conciertos que nunca, y todo es gracias a que en aquella época la distribución musical cambió para siempre, al margen de los gobiernos, de las industrias y de muchos artistas jurásicos. Pero me estoy adelantando, a la situación actual se tardó mucho en llegar e hicieron falta sangre, sudor y lágrimas.

Como decía, en aquella época se crearon numerosos instrumentos de distribución de música o cine al margen de la industria, obsesionada con sus soportes de plástico que cada vez interesaban menos a los consumidores (a precios prohibitivos, dicho sea de paso: por el precio de un disco de entonces hoy accedemos a toda la música de la historia durante un año). Las industrias tomaron aquello como una declaración de guerra, y en lugar de modificar sus modelos de negocio decidieron perseguir aquellas prácticas, tildándolas de "piratería" y "robo". Sí, entonces escuchar una canción por internet era equiparado a atracar un banco, y muchas de estas discográficas (llamadas así por lo de vender discos) llegaron a demandar e intentar encarcelar a quienes practicaban esta mal llamada piratería.

A decir verdad, la cosa fue de mal en peor. A cada paso de la inevitable crisis de los modelos de negocio de la industria de los contenidos, los envites contra los consumidores eran peores. Primero aumentaron aquel "impuesto", lo extendieron a todo lo que pudieron: teléfonos móviles (que entonces almacenaban unas pocas canciones, no millones como ahora), discos duros de datos, conexiones a internet, ordenadores, monitores, televisiones... Como aquello no era suficiente, decidieron perseguir a todas las páginas de internet que directa o indirectamente facilitaban el acceso a los contenidos. Para poder agilizar las cosas, presionaron para que la persecución se hiciera al margen del poder judicial. Hoy recordamos esto como entonces se recordaba el macarthismo, pero a los poderes públicos de 2010 les parecía de lo más normal. David Bravo, desde su despacho en el Tribunal Constitucional podría recordar hoy cómo tuvo que defender a Pablo Soto (sí, el mismo Pablo Soto que fue empresario y ministro de Cultura décadas más tarde) porque las discográficas le pedían millones de euros (de los de entonces) por haber creado un programa para intercambiar música libremente.

Curiosamente, los políticos de entonces permitieron estos abusos y los tradujeron a leyes. Para ellos era una forma de mantener a raya internet, un medio que desconocían y que tomaban como una amenaza porque no podían controlarlo como hacían con los periódicos de papel, las televisiones y las radios. Esta parte es difícil de entender porque ninguno de esos medios existe ya, pero entonces había medios que emitían en una sola dirección (y periódicos hechos de papel como los viejos libros) y llegaban a millones y millones de personas ¡a la vez! Hoy esto sería impensable, pero durante más de cien años ese modelo de transición tuvo un gran éxito y movió gran cantidad de dinero.

En la segunda y la tercera décadas del siglo la guerra fue muy intensa. De un lado industrias y gobiernos. De otro lado, muchos ciudadanos y algunas industrias incipientes (que hoy día dominan la producción y rentabilidad de los contenidos) defendían formas de distribución cultural más adaptadas a los tiempos y buscaban devolver la cultura a los ciudadanos, tras un paréntesis de un siglo en que los derechos de autor se habían convertido en tremendas losas al servicio de grandes multinacionales y de las sociedades monopolísticas que mencionaba antes. Muchos activistas (el célebre catedrático Enrique Dans entre ellos) acabaron en la cárcel, otros tuvieron que pagar multas o vieron cerradas sus páginas y silenciadas sus voces. Los estertores de aquellas industrias fueron tan terribles que durante un tiempo parecía que el poder que detentaban, sin disimulo de ningún tipo, sobre políticos, periodistas o jueces y fiscales, sería suficiente para aniquilar el papel de la sociedad en la creación de la cultura. Como sabemos ahora, fracasaron.

A finales de la década de los años 20, en medio de una grave crisis económica, las empresas de contenidos propusieron multiplicar por cinco el coste de las conexiones a internet (entonces 100 megas –la conexión más lenta– costaban unos cinco euros) para financiar aún más sus arcas, ante la espectacular y definitiva caída del consumo de contenidos de pago. Los políticos, obedientes, aprobaron la subida. En las siguientes elecciones el emergente Partido Reformista obtuvo una representación decisiva en el parlamento. No fue sólo en España, el efecto dominó afectó a todos los países occidentales, luego a Oriente y al resto del mundo. Las reformas legislativas se sucedieron para flexibilizar los derechos de autor. Los artistas se rebelaron definitivamente y rompieron con la industria intermediaria, creando nuevas industrias basadas en la creación y distribución de música libre o bajo esquemas de pago irrisorios y el fomento de la música en vivo, rompiendo para siempre con el paréntesis que inició el siglo XX y abrazando las nuevas tecnologías de manera decidida. A principios de la siguiente década cerró el último diario en papel, una señal más del fin de una era.

Es curioso recordar cómo comenzó todo esto. Hace cincuenta años los artistas manejaban, con su popularidad y abrazados a los medios de masas y su influencia pública, a los políticos. Hoy, al empezar el año 2060, de aquellos artistas de medio pelo no se acuerda nadie pese a que probablemente murieron ricos. Creo recordar que uno de ellos tenía un lucrativo negocio de pollos fritos, aunque tal vez la memoria me engañe. De las empresas discográficas recuerdo uno o dos nombres. De los políticos que entonces practicaron la censura y la persecución sólo recuerdo a los presidentes del Gobierno que lo permitieron, para siempre marcados por la ignominia de haber frenado el progreso. De la Edad Media de la cultura moderna no se acuerda casi nadie, pese a ser tan reciente. Probablemente porque estamos en la edad de oro de la música, porque se hace más cine y series que nunca, porque se crea más contenido que en ningún momento de la historia y se han roto todas las barreras geográficas del conocimiento y la cultura con mayúsculas.

Los jóvenes del año 2060 se ríen de estas historias, como nosotros nos reíamos de que nuestros abuelos no tuvieran televisión. Y sin embargo, durante un tiempo dio la impresión de que la actual situación no llegaría nunca. Y si la gran crisis de 2009 se hubiera aprovechado para cambiar el marco legislativo en el sentido que la ciudadanía reclamaba y no en el de cercenar derechos y amparar persecuciones, probablemente no habríamos perdido décadas enteras durante la agonía de los viejos modelos. Desgraciadamente, aún no hemos inventado la máquina del tiempo para poder avisarles del grave error que cometieron entonces.

Vía: DiarioIP

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