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Raquel Recolons Head of Content & Digital Strategist de Ogilvy Barcelona

Conectar, desconectar y responsabilizarse en redes sociales

conexiónSomos unos privilegiados. Vivimos conectados a un mundo virtual donde nos relacionamos con otras personas: algunas son amigas y familia; otras son artistas, escritoras, científicas o políticas. Establecemos vínculos online con creadores de contenido de todo tipo. Incluso, de «fake news». Las redes sociales van llenas de información de calidad, pero también de dudosa procedencia. Es imposible deshacernos de estas cantidades ingentes de datos. Es más: no queremos. ¿La prueba? 1,3 millones de nuevos usuarios se unieron a las redes sociales cada día en 2020, según “Digital 2021”, el último estudio de We Are Social y Hootsuite. ¡15 nuevos usuarios por segundo!

Yo soy una apasionada del mundo digital y del cambio que ha generado en la sociedad, el marketing y – por qué no decirlo- la gestión del poder, así que el remarcable incremento de usuarios en redes sociales me parece una buena noticia. Sin embargo, cuando una cuestión alcanza tal envergadura, no todo son luces. También aparecen algunas sombras. Como la ética de estas plataformas, un tema que cada vez sale más a debate en el mundo laboral, educativo y mediático.

¿Es ético que WhatsApp cambie su política de recopilación de datos y comparta la información de los usuarios con Facebook? ¿Es ético que aquellos usuarios de fuera de la UE que no acepten las nuevas condiciones se queden sin este servicio? En un principio, la decisión de WhatsApp de compartir datos con Facebook iba a suceder el 8 de febrero, pero, tras el revuelo, se ha pospuesto a mitad de mayo y ha generado infinidad de preguntas y dudas por parte de los usuarios. ¿Qué harán con mis datos? ¿Con quién los van a compartir? ¿Me van a bombardear con publicidad?- se podía leer en múltiples foros y comentarios.

La decisión de la red social de mensajería instantánea nos ha afectado. Mucho más que otros agravios para el consumidor comunicados previamente por otras plataformas. La causa principal es que detrás hay un factor psicológico; y es que en WhatsApp tenemos conversaciones privadas con amigos, familia, pareja… que no compartimos en otros canales con dimensión pública. Así que, si el usuario es cada vez más celoso de la información que las empresas manejan, más lo es cuando esa información se genera en un espacio de «privacidad» e «intimidad».

La cuestión de la ética de las redes sociales ha generado una presión que se ha visto reflejada en movimientos políticos, legales y económicos. En verano, Facebook sufrió un boicot publicitario de grandes y pequeñas empresas que decidieron no invertir en publicidad en los canales de la compañía sumándose a la iniciativa #StopHateForProfit; también Facebook, hace pocas semanas, fue denunciada por fiscales de distintos estados de EE UU y por el organismo regulador de comercio aludiendo a su supuesta actividad monopolística y solicitando que la plataforma se deshiciera de Instagram y WhatsApp. Por no hablar de los escándalos asociados a la plataforma TikTok: la captación excesiva de datos de dispositivos móviles, las brechas de seguridad que han dejado expuestos datos de usuarios o la batalla con Donald Trump, que exigía que parte de la compañía fuera comprada por empresas estadounidenses bajo la amenaza de prohibir la plataforma en suelo americano. Suma y sigue, porque hay que destacar la decisión de Twitter de vetar la cuenta del ex presidente de EE UU por comentarios que la plataforma no consideraba adecuados. Confirmado: no solo el mensaje (sea positivo o sea tóxico) es importante, también lo es el mensajero, esa persona que emite un relato, participa activamente en él y lo modifica.

Al final, las redes sociales son un negocio millonario, con evidente impacto económico, pero también social. Cada vez son más las personas que se plantean si pasan demasiado tiempo en Instagram y las que tienen ansiedad porque no han conseguido la invitación para Clubhouse, la última red social de moda. Aumentan día a día los usuarios que se preguntan si hacen bien en permitir que sus hijos tengan TikTok aunque no alcancen la edad mínima para abrir un perfil.

Soy una ferviente defensora de la tecnología, las redes sociales y las nuevas posibilidades que nos brindan, sí, pero también creo en nuestro derecho a desconectar. A decidir en qué plataformas queremos estar, en cuáles no y a aplicar, en definitiva, sentido común a nuestra actividad online. Para hacerlo, es indispensable informarse, formarse y detenerse a generar opiniones propias; si no, es fácil acabar arrastrado por la corriente general. Afortunadamente, aunque esta es cada vez más grande y acaparadora, la consciencia individual también aumenta.

Me enorgullece estar rodeada en mi trabajo de profesionales informados que ayudan a nuestros clientes a tomar decisiones estratégicas alineadas con sus objetivos y surgidas de una reflexión acerca de las consecuencias éticas del mundo virtual y las redes sociales.

Los que tenemos la suerte de trabajar en comunicación y además ejercemos la docencia, debemos responsabilizarnos no solo de lo que hacemos como individuos, sino de cómo influimos en los demás, ya sean clientes, alumnos o equipos. ¿Una forma de resumirlo? Vivir conectado es un privilegio, desconectar es un derecho y responsabilizarnos de nuestras decisiones en el ámbito online es obligatorio.

Raquel Recolons, Head of Content & Digital Strategist de Ogilvy Barcelona

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