Economía del valor

Hubo un tiempo en el que a la mayoría nos preocupaba incorporarnos a las redes sociales y no alcanzar el número de contactos que otras personas ya habían conseguido. Al principio, esa ansiedad por estar presente parecía depender directamente de la cantidad de amigos, seguidores, lectores, … en Facebook, Twitter, LinkedIn, Foursquare o en los blogs personales y profesionales. Pocos años atrás, queríamos “llegar” al mayor número posible de personas con las que entablar relaciones de intercambio de ideas, opiniones, conocimiento, o sencillamente de ocio.

El número era lo importante. Abrir la comunicación a un colectivo lo más amplio posible parecía la fórmula que demostraba que éramos socialmente más activos, o más relevantes. Hasta que caímos en la cuenta de que sobraban los silencios entre tanto ruido. Que el exceso de información inútil podía llegar a ocultar a la interesante, y que el espacio público que creíamos enriquecedor nos costaba mantenerlo con una esperanzadora equiparación entre lo que aportábamos y lo que recibíamos.

De pronto, recordamos a R. Dunbar y su teoría de que una comunidad ideal debería estar constituida por unas 150 personas y que, para mantener una cierta cohesión del grupo, tendríamos que dedicar casi la mitad de nuestro tiempo a tareas de socialización. Entonces pensamos que la tecnología está para ayudarnos a ampliar esos espacios de relación, a facilitar la interconexión más allá de la más pura, simple y directa relación personal.

Esto sería cierto si nos dedicásemos a construir redes sociales, no a usar las redes sociales como meros instrumentos para ubicarnos en un entorno donde pasaremos casi desapercibidos si no nos preocupamos de enriquecer nuestras conversaciones.

No se trata de ser permanentemente trascendentes pero sí de asumir el compromiso de aportar valor a los contenidos, de ayudar a crear pequeños o grandes movimientos sociales que provoquen la consolidación de los principios que caracterizan a las personas en su lado más humano y creativo. Y de fomentar el cambio de aquellos que hipotecan o condicionan su futuro y el de su entorno.

En el artículo anterior (“La compañía. El marketing frente al caos”) nos referimos a cómo personas y empresas debíamos afrontar la crisis sistémica que nos atenaza siendo, por un lado, conscientes de que no es una situación debida al azar la que afecta a una gran parte del occidente “civilizado” y, por otra parte, valientes a la hora de afrontar e impulsar el cambio del poder establecido.

Para ello, las redes sociales han de ser el nuevo espacio público donde la sociedad pueda deliberar, intercambiar conocimiento, aportar nuevas visiones políticas y convertirse en el contrapoder que compense la malévola arbitrariedad con que estados y grandes compañías manejan el porvenir de los ciudadanos.

No se trata de desarraigar o expropiar la capacidad de representación de los gobiernos respecto de los habitantes que democráticamente les han elegido, sino de precisamente devolverles esa capacidad de representación leal de sus intereses y demandas a partir de la creación de una renovada cultura de implicación mutua.

Y lo mismo ocurre en el lado empresarial. No se trata de erradicar el sistema económico de libre mercado sino de dar paso con decisión a fórmulas como el “open source marketing”, clara expresión de que los consumidores pueden adoptar también el papel de productores (“prosumers”),  de la misma forma que los autores amateurs consiguen inspirar a los profesionales y que amplios o reducidos colectivos de clientes pueden fijar las reglas de mercados reducidos y anticipar nuevas tendencias.

Si de algo nos ha de servir el caos estructural que nos domina es para afianzarnos en el convencimiento de que debemos abandonar el único camino que nos conduce a un mismo y fatal destino. Las reglas de los poderes político y económico tal como las conocemos han de ser recreadas y reformuladas, primero en la mente de todos los ciudadanos y, como fiel reflejo, en la de los gobernantes, directivos y empresarios.

Una nueva economía del valor aportado por todos se ha de imponer sobre la economía de la opresión y del desgaste social y emocional de unos muchos para el enriquecimiento y el ‘empoderamiento’ de unos pocos.

Tampoco estamos proponiendo nada excepcional. Recordemos el estudio de De Geus sobre las empresas más longevas (por encima de los 100 años) y sus características o rasgos comunes: sensibilidad hacia el mundo que les rodea, conciencia de su identidad, tolerancia hacia las nuevas ideas, no especulativas, valoración de las personas por encima de los activos, organización orientada al aprendizaje, dirección y control relajados y trascendencia de los intereses de la comunidad humana. Algunas continúan operando con una historia entre 200 y 700 años. Por algo será: llamémosle economía del valor.

José Manuel Navarro Llena

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