El suicidio del periódico (de papel)

    


“El peor enemigo del periodismo no es la corrupción, sino la mediocridad”. Valentí Puig. 

Me considero un buen comprador de periódicos. Y un aceptable lector, capaz incluso de recortar y conservar los textos que me resultan interesantes. ¿Diógenes? Hasta hace poco recorría cada jornada muchos kilómetros para hacerme con la prensa. Actualmente compro todos los días de la semana El País y Público. Los miércoles y sábados añado La Vanguardia, por el suplemento cultural y la página de Gregorio Morán, respectivamente. De paso leo las “contras”. Y los sábados también compro el ABC, por su interesante suplemento cultural. Alrededor de 90 euros al mes, más de mil  al año. Mucho dinero, sobre todo teniendo en cuenta dos factores: que buena parte de esa información se encuentra de manera gratuita y actualizada en la red, y que los contenidos, en lugar de mejorar, empeoran. 

¿Dejaré alguna vez de comprar periódicos? El día parece próximo: ¡son los mismos periódicos quienes me lo piden a gritos! Hace un par de domingos, al ver por enésima vez a Rubalcaba en la portada de El País, pensé que era un buen momento para comenzar a ahorrar. El pasado domingo tuve la misma sensación leyendo, en la crónica a toda página de una charla entre Iñaki Gabilondo y Juan Luis Cebrián, las propuestas de este último para “dar soluciones, sobre todo políticas…a la crisis que nos ahoga y nos paraliza”. Realmente ¿quiero pagar por conocer las recetas económicas de alguien que no ha sabido gestionar su propio patrimonio? Solo un día después volvieron las dudas, al leer de nuevo a Iñaki Gabilondo, ayer lunes y otra vez a página completa, en esta ocasión hablando de fútbol con Juan Cruz.

El pasado sábado El País subió de precio 30 céntimos. Incluía dos nuevos suplementos, S Moda y Revista Sábado, que no me interesan lo más mínimo: el primero está dedicado a la mujer y la moda, y el segundo a “las entretelas del poder, la fama y sus protagonistas”. 30 céntimos más por nada. Sin embargo, El País no bajará de precio los viernes, pese a que ya no incluye Tentaciones, un suplemento que sí me interesaba. 

Los periódicos han dejado de pensar en mí como lector. Los grandes periodistas se han convertido en mediocres empresarios, y los mediocres periodistas en nefastos patronos. Ven al lector como consumidor, y creen que solo será la publicidad, y no los contenidos, quien les mantendrá con vida. “En busca de publicidad, las revistas musicales venden estilo de vida”, escribió Diego A. Manrique hace unos meses precisamente en El País. A los periódicos les está pasando algo parecido: los dos nuevos suplementos de El País, una versión de los que lleva años publicando El Mundo (Yo Donna y Crónica), están repletos de anuncios de marcas que marcan: Loewe, Ralph Lauren, Carolina Herrera, Dior…Venden, como dice Manrique, un estilo de vida. Lujo. En las páginas de contactos, putas. Y en el dominical, entrevistan a Charles Rolls, propietario de Fever Tree, “la tónica premium que ha revolucionado el mercado”. 
No es éste el periódico que quiero comprar. No creo que sea éste el periódico que requieren los tiempos que vivimos. Frente a la crisis, en lugar de compromiso veo a modelos vestidas de Loewe y Dior. Donde debiera haber más crítica, más independencia y menos corporativismo, encuentro “las entretelas del poder, la fama y sus protagonistas”, bebidas premium y viajes a Londres de la mano de Boris Izaguirre. En los periodistas se desarrolla la autocensura, y la creatividad está siendo sustituida por el instinto de supervivencia. 
Podría contar detalles de otros diarios, por supuesto. Público, que de lunes a jueves cuesta un euro, el sábado sube de precio hasta los 2,50 al incluir “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, un libro maravilloso del que tengo varios ejemplares en diferentes ediciones y formatos. No necesito el libro de Público, solo quiero el periódico. Pero no puedo comprarlo de manera independiente. De alguna manera, Público me está pidiendo que deje de comprarlo. Y qué decirle del ABC de los sábados… Pues que arranco el cultural y tiro íntegro el resto del periódico: un día lo abrí por las páginas de opinión y tardé semanas en quitarme de las manos el olor a momia que me dejó la columna de Juan Manuel de Prada
La defunción inminente de los periódicos de papel no debería ser considerada muerte natural. Es un suicidio. Como lector, mi paciencia se agota. Cuando compro el diario no busco estilos de vida, famosos, frivolidades, sinergias o momias. Quiero información cierta y responsable sobre la actualidad, basada en la observación y los principios morales. Es decir, quiero periodismo. Y si es posible, con algo de talento. 
Vía: Telematón (Cuarto poder)

perezdealbeniz

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