Empresas felices

  


“He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz”. (Borges)

Si resulta complejo definir el concepto de felicidad en los humanos, se nos podría antojar imposible hacerlo para las empresas. Aun así, intentémoslo. Porque si la felicidad consiste en la realización de una pretensión (Julián Marías) y lo conseguimos, podremos decir que, hoy, seremos un poco más felices alcanzando ese “imposible necesario”. 

La clave me la dio un empresario granadino, copropietario del restaurante Cunini (Granada). Al preguntarle si su empresa era feliz, me contestó llanamente: “claro que somos felices, todos hacemos lo que podemos para llevarnos bien, arreglar nuestras diferencias en privado y salir a defender el negocio procurando que el cliente también sea feliz”. En una misma frase ligó empresa, propietarios, empleados y clientes. Sin complejos, falsa modestia ni segundas lecturas. 
Para Pedro, la empresa es una extensión del grupo de personas que en ella trabajan. No trató de exponer un concepto de felicidad hedonista, epicúreo o, en el otro extremo, nihilista. No se plantea los principios de Aristóteles, Platón, Santo Tomás de Aquino, Descartes o Spinoza. Sencillamente, convierte el sustantivo o el adjetivo en verbo, en acción diaria. Y no es el único. 
Cada persona aspira atávicamente a ser feliz, a encontrar ese estado de ánimo interior que le confiere una sensación placentera, o de ausencia de malestar, ansiedad e incertidumbre. Aunque su aparición puede ser tan azarosa como también lo son las situaciones críticas e incómodas, su búsqueda es una condición que ya favorece su consecución, de la misma forma que saber qué objetivos, personales o profesionales, se quieren lograr ya es un principio para alcanzarlos. 
Argumenta E. Rojas que la felicidad es la suma y compendio de tener una personalidad madura, desarrollar una profesión vocacional, adquirir una cultura que guíe la toma de decisiones, cultivar la amistad permitiendo la interrelación enriquecedora con otras personas, y de tener la capacidad de amar y ser amados. Esta visión la complementa E. Punset diciendo que es directamente proporcional a las emociones, a la capacidad de discernir lo esencial de lo importante, al disfrute del proceso de búsqueda más que del hecho del encuentro o del descubrimiento y, finalmente, a las relaciones interpersonales. Y que es indirectamente proporcional a ciertos factores reductores como el miedo, y a la actitud heredada de afrontar la voluntad de ser felices. 
Quizá sean demasiados condicionantes para reclamar el derecho de todos los seres humanos a ser felices igualitariamente, máxime si lo complicamos teniendo en cuenta la cantidad de serotonina que el cerebro de cada individuo es capaz de producir –B. Cyrulnik- y las desigualdades sociales que en unos casos favorecen y otros dificultan la realización de un proyecto de vida personal satisfactorio. Decimos entonces que la felicidad absoluta no existe, aunque sea posible aprender a obtenerla en el grado que a cada cual le proporcione la suficiente dicha con la que sentirse bien. Hay quien defiende la felicidad como sentimiento individual, no colectivo. Pero estaremos de acuerdo en que un grupo de personas infelices está abocado a su desaparición, por falta de expectativas vitales comunes. 
¿Podríamos decir que empleados felices hacen que una compañía prospere? Parece razonable pensar que sí, dado que estos trabajadores tienden a ser más productivos, a adaptarse mejor a los cambios, a canalizar y compartir mejor su talento y creatividad, y a cometer menos errores. No obstante lo anterior, que haya empleados que cumplan estas condiciones no implica que la empresa en sí misma sea feliz y que sea capaz de trasmitir esa felicidad al mercado donde opera.  
Para que ello se produzca, al igual que las personas, la compañía debe tener una clara y diferenciada personalidad; ha de tener alineada su misión y visión con sus objetivos estratégicos y, además, con el propósito de mejorar la calidad de vida de sus públicos de interés y la sociedad en general; debe haber desarrollado una profunda y sólida cultura empresarial basada en las personas y sus aspiraciones; tiene que apostar por el desarrollo ético de su conducta mercantil; ha de anteponer la emoción a la razón desde los procesos de toma de decisiones hasta los de comercialización de sus productos y servicios; ha de romper con los tradicionales métodos de solución de conflictos que usan la presión y el miedo para obtener ventajas pírricas sobre los intereses de sus empleados e imponer ajustes laborales que sólo benefician a unos pocos; en definitiva, la empresa ha de ser capaz de tener un comportamiento humanista. 
Aunque pudiera parecer un dislate esta última afirmación, si es empresario o directivo reflexione sobre ella y piense si puede haber alguna relación entre esa conducta y su cuenta de resultados. Y si es empleado, quizá lo tenga más claro porque de ello habrá dependido su capacidad productiva, su compromiso con la empresa y sus compañeros, su interés en progresar profesionalmente o, por el contrario, habrá sufrido estrés, depresión o el despido. 
Un último apunte: la palabra felicidad esta relacionada etimológicamente con fertilidad, fecundidad y prosperidad; ello nos hace pensar que los cambios que provoca están asociados a la transición del organismo a un estado de mayor perfección, en el que el poder y la libertad de acción aumentan en conjunción con la experiencia y la imaginación, dotando a las personas –y organizaciones- de mayores capacidades de previsión y creación innovadora (Spinoza). 
Sea feliz.

jmnllena

http://www.granadablogs.com/entrelineas
@jmnllena
Te recomendamos

A3

ADN

Navidad

Recopilatorio

Enamorando

Compartir