FORMACIÓN PARA LA CRISIS - Arturo Gómez (ZONAWEBSTE)

En los cursos de verano de 2007 en El Escorial, tuve la fortuna de coordinar bajo la dirección de José Manuel Sánchez-Vizcaíno, nuestro mejor catedrático de sanidad animal, un curso de comunicación de crisis. Entonces no nos podíamos imaginar que, tan sólo un año más tarde, tuviésemos tal cantidad de crisis abiertas encima de la mesa.

Las crisis no son buenas ni malas. Las crisis son necesarias. Forman parte de la naturaleza de las cosas y, además, los hombres aportamos nuestro mejor saber y entender para hacerlas más grandes, más complicadas y más notorias. La crisis es un conflicto y, como tal, no se trata tanto de ganar o perder, como de encontrar una solución, un nuevo enfoque, que nos permita afrontar mejor el futuro.

Una de las conclusiones de aquel curso fue que debíamos estar preparados para la crisis. Un portavoz sin entrenamiento, no es un portavoz. Una empresa que no esté prevenida para la crisis, no la superará. Una organización que no esté acostumbrada a comunicar nunca será creíble, porque no será transparente.

Por tanto, necesitamos más formación. Pero no sólo para la comunicación en tiempos de crisis, sino para superar la propia crisis. El modelo empresarial vigente, en empresas, medios y agencias de comunicación, de "zidanes y pavones", de expertos y becarios, es un ejemplo de un sistema que no funciona. Muchas veces se convierte en una organización ingobernable, de gente que no quiere (desmotivada) y gente que no puede (sin experiencia). Será un esquema rentable a corto, pero insostenible a largo.

Para cambiar esto, la formación nos puede ayudar: aportando experiencia -saber hacer, las mejores prácticas- a quienes no la tienen; y renovando la ilusión –nuevos motivos para tenerla-, a quienes la han perdido. No es, ni mucho menos, una tarea fácil. Necesitamos que el junior llegue mejor formado a la empresa y necesitamos reciclar al senior que lleva años con nosotros. La formación posibilita el desarrollo personal, facilita encarar nuevos retos profesionales, y amplia las opciones para todos. Pero la formación, que es una opción individual, debe también estar integrada en la empresa. Debe alcanzar a todos, a los propietarios, a los altos directivos, a los redactores y ejecutivos, a los becarios. Un profesional más formado es un mejor profesional. Hay muchas empresas que, conscientes de esta situación, adquieren ventaja mediante sólidos planes corporativos de formación, interna y externa, que alcanza y se adapta a cada uno de los niveles de la organización y a sus necesidades concretas.

Como coordinador y profesor de cursos de postgrado en comunicación, en universidades y escuelas de negocio, puedo decir que trabajamos duro para ofrecer a las empresas una formación que mejore esta situación. Aunque disponemos de un presupuesto muy limitado, reducido a la escasa financiación de las matrículas. Aunque no podemos atraer a muchos profesores externos, por falta de medios y alumnos. Aunque hemos de lidiar con algunos profesores de la propia universidad o escuela pasados de años y de vueltas, que no se forman ni se reciclan, pero que hemos de contratar en una endogamia que acaba perjudicando a todos.

Pero nuestro gran error estratégico, de escuelas y de empresas, es que no nos apoyamos lo suficiente entre nosotros, por miedo quizá a contaminarnos con teorías o con euros. Las escuelas proporcionamos a veces una formación poco práctica y aplicable en la vida real, que espanta a las empresas. Por su parte, el sector se apoya poco en la universidad, que le podría ser de mucha ayuda en investigación e innovación, y en la búsqueda de soluciones autóctonas a los problemas de la comunicación.

Por todo ello, creo que hemos de apostar más por una relación mucho más fluida y coherente entre la empresa y la universidad, entre las escuelas y los medios. Hemos de apostar más por una formación profesional mejor, que nos permita construir un futuro con más posibilidades. Pero sobre todo, para afrontar esta crisis y las que vengan, hemos de apostar más por nuestra gente. Es, en definitiva, el capital de la comunicación.

Arturo Gómez Quijano
[email protected]

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