Enrique Dans Profesor de Innovación en IE Business School

Gobierno listo, gobierno tonto: la gestión de la post-verdad - Enrique Dans

El pasado domingo 1 de octubre nos brindó todo un ejemplo en tiempo real de lo que supone saber gestionar adecuadamente eso que se ha dado en llamar la “post-verdad“: la situación en la cual, a la hora de crear y modelar opinión pública, los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales.

Desde el primer momento, el gobierno de Cataluña planteó una estrategia específicamente orientada a ese objetivo: el referendum era lo de menos. Que tuviese lugar con o sin garantías, que hubiese más o menos urnas, que los ciudadanos acudiesen en masa o no acudiesen, dentro de unos límites, no importaba en absoluto. El fracaso en ningún momento habría sido que la policía requisase las urnas, que entrase en los colegios a porrazos o que la metodología o el escrutinio planteasen alguna duda: el fracaso habría sido que no hubiese colas, que la policía no hiciese siquiera acto de presencia o que a la hora de contar, no hubiese nada que contar. Ese fracaso estaba cuidadosamente contenido: únicamente con los partidarios más radicales del independentismo convenientemente distribuidos se aseguraban las fotografías que el gobierno catalán quería difundir a la comunidad internacional. Lo demás, sencillamente no importaba.

En esta estrategia, planificada durante meses, el gobierno español ha sido una comparsa. Sus actuaciones fueron completamente anticipadas, evaluadas y encuadradas en un escenario en el que resultaron perfectamente convincentes de cara al objetivo final. El gobierno español y los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado crearon el contexto y la escenografía perfectas para que el gobierno catalán plantease su obra en pleno centro del escenario. A lo largo del día, desde primera hora de la mañana, las cosas quedaron completamente claras: la difusión a toda plana de las imágenes de violencia en todos los medios internacionales, las cifras de heridos, las colas de gente esperando para votar… a media mañana, el gobierno español también actuó como estaba previsto: ante la imagen que se estaba transmitiendo a nivel internacional, se pidió a la policía y a la Guardia Civil que dejasen de actuar. Todo funcionó según el guión planificado por el gobierno catalán, que hasta tuvo la posibilidad de hacer un “escrutinio” y escenificar en una plaza y con pantalla gigante la supuesta victoria de los partidarios de la independencia. Mientras, el gobierno español se dedicó a dar una imagen completamente patética, negándolo todo como si se tratase de un mantra, sin convicción alguna, y sin tener en cuenta lo que estaba saliendo en todos los medios.

En la política de hoy, con medios capaces de trasmitir a toda velocidad lo que ven, y siendo secundados por ciudadanos de toda condición armados con simples smartphones a través de redes sociales, la verdad es, tristemente, lo de menos. El dato de participación, los votos escrutados o la legitimidad del proceso no importan: lo que importa es la imagen de personas ensangrentadas que “prueban fehacientemente la represión salvaje”, la hubiese o no, el partido del Barça jugado a puerta cerrada aunque no hubiese necesidad alguna para ello, o las fotografías de las colas de centenares de metros de personas esperando para votar, votasen finalmente o no. Lo importante es contar una historia, planificar un cuidado story-telling, venderle al mundo lo que el mundo está completamente dispuesto a escuchar. La historia, en realidad, estaba contada desde mucho antes, lo que sucediese ayer, siempre que se asegurasen unos planos determinados que pudiesen ser utilizados para refrendar la versión oficial – la del hábil gobierno catalán, no la del torpe gobierno español – no importaba nada. Mediáticamente, el pescado estaba todo vendido. Y lo creamos o no, eso es ahora lo que importa.

Nadie, en ningún sitio, va a plantearse pedir actas de ninguna mesa, ni contar papeletas, ni interpretar los resultados, ni nada de nada. Todo el mundo, opine lo que opine sobre la legitimidad del proceso y lo que supone de vulneración de las normas, ha visto lo que ha visto, y ha interpretado lo que el gobierno catalán pretendía que interpretase, mientras al otro lado solo veía a unos torpes aprendices – que ya hace falta ser torpe para ser aprendiz después de tantos años en política – enviando policías con órdenes de reprimirlo todo, y negando insistente y tercamente lo que todos veían que estaba sucediendo. No hubo referendum, hubo una macro-manifestación, del mismo modo que el gobierno no mandó a la policía y a la Guardia Civil sino que lo hicieron los jueces, y de la misma forma que no hubo ninguna garantía para un supuesto proceso electoral… pero nada de eso importa ahora. Tras el 1-O, lo único que queda es la post-verdad: los ciudadanos de Cataluña salieron en masa a la calle – interprete usted lo que quiera por “en masa” – y se manifestaron inequívocamente en favor de la independencia – entienda usted lo que quiera por “inequívocamente”. Lo que venga a partir de ahora, con ese escenario ya convenientemente establecido, ya se verá.

Lo de ayer fue una lección que los estudiosos de la política deberán analizar durante mucho tiempo. Ayer solo se vio un ganador y un perdedor: un gobierno listo, capaz de entender el significado de los símbolos, y el poder de las redes sociales y de los medios en la era digital, y un gobierno tonto, torpe, no preparado y anticuado que solo sabe hacer declaraciones absurdas y carentes de credibilidad, negar obsesiva y tercamente lo que a nadie le importa, y que se ha limitado a leer, una por una, las líneas del papel que la Generalitat le había reservado. Pura torpeza política e incapacidad para entender el entorno actual. Lo demás, la supuesta legitimidad democrática de uno o de otro, el que te caigan mejor o peor, o lo que piensen los ciudadanos españoles o catalanes, sencillamente, no le importa a nadie.

Vía: Enrique Dans

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