La huelga como anacronismo

Hace unos días, una convocatoria de huelga intentó de forma infructuosa paralizar la vida económica de un país. Dejando aparte sus motivaciones o legitimidad, que han sido discutidas en muchos otros foros y que no son objeto de una columna de análisis de la tecnología y su impacto, la huelga del pasado 29 se diferenció muy poco de cualquier huelga del siglo pasado: panfletos, propaganda, piquetes presuntamente “informativos” - eufemismo que esconde en realidad la palabra “coactivos” o directamente “delictivos” - y una guerra de cifras absurda que raya en la tragicomedia. El verdadero impacto de la huelga lo tenemos en las medidas de consumo eléctrico: en el peor momento, descendió poco más de un 10%
La huelga del pasado día 29 evidenció una patente realidad: que las protestas en la calle no sirven para detener o ralentizar una actividad económica que, cada vez más, se desarrolla por otros cauces. Cuando la vida y las transacciones tenían lugar en la calle, cortar carreteras o cerrar establecimientos podía tener un efecto sobre la economía, una paralización que evidenciase el apoyo, el descontento o las reivindicaciones planteadas. Pero en nuestros días, la huelga es un anacronismo: ruidosos piquetes trasnochados que deambulan estropeando cerraduras e intimidando a ciudadanos, mientras miran alucinados las transacciones económicas e informativas que siguen discurriendo en forma de bits, indiferentes a sus callejeras maniobras. 
¿Parar un país? No me hagas reír. El 29, cualquier ciudadano provisto de una conexión a la red pudo mantenerse perfectamente informado: las ediciones electrónicas de los periódicos dieron cuenta puntual de las noticias, por no citar redes como Twitter o Facebook en las que los usuarios hablaban con normalidad. Un número significativo de personas trabajaron con toda normalidad sin salir de sus casas, conectados a sus servidores corporativos o a múltiples herramientas que les permiten desarrollar parte de su actividad sin necesidad de presencia física. En mi caso, impartí desde mi casa una sesión online a treinta personas de veintiuna nacionalidades, ubicados en los más diversos rincones del mundo. ¿Caso aislado? En absoluto, perfectamente habitual. Ir al banco, comprar un billete de avión, hacer la compra... ¿Piquetes? ¿Dónde? 
Hace una semana, la movilización de los usuarios de un conocido foro, 4chan, tumbó las páginas de entidades como la Recording Industry Ass. of America (RIAA, la patronal de las discográficas en los Estados Unidos), la Motion Pictures Ass. of America (MPAA, la patronal de las empresas cinematográficas) y la de una empresa, AiPlex Software, dedicada paradójicamente a tumbar sitios de intercambio de archivos por encargo de las anteriores. El procedimiento empleado, el ataque distribuido de denegación de servicio (DDoS), consiste en pedir a miles de usuarios que se instalen un programa que lanza peticiones a una página web, hasta que esta cae por saturación. Como una manifestación o un corte de carreteras, pero en la red. Y con las mismas connotaciones: se hace como protesta, y es igualmente antidemocrático por lo que tiene de coactivo, de impedir al otro que se exprese o desarrolle su actividad. ¿Se imaginan la repercusión que tendría tumbar la página de un gobierno? En ningún modo recomiendo estos métodos o promuevo su uso, pero es evidente que los tiempos han cambiado. Ahora, salir a la calle pretendiendo cortar la actividad económica no es más que un patético anacronismo. 
Vía: Expansión

enriquedans

http://www.enriquedans.com/
Te recomendamos

Cannes

Regalos Ecology

Experiencias

Atresmedia

Compartir