Pedro G. Cuartango

La industria de la felicidad - Pedro G. Cuartango

felicidadUno de los negocios más florecientes de nuestra economía es la industria de la felicidad. Viajes, ropa, perfumes, licores, coches, televisores de plasma y teléfonos móviles nos son mostrados por la publicidad no ya por su valor de uso sino sencillamente porque nos harán más felices al ayudarnos a experimentar nuevas sensaciones.

Hemos dejado atrás la era del consumismo en la que los servicios y los objetos servían para reflejar un estatus social para entrar en una nueva cultura en la que el fin está asociado a la felicidad. Lo que se busca no es la propiedad sino el éxtasis, el relato y no la utilidad.

Los propios indicadores económicos ya no sólo miden el PIB, la inversión o el nivel de renta per cápita sino que además están incorporando parámetros que indican la satisfacción y el bienestar de la población, algo insólito hace unas pocas décadas.

La gran industria del futuro no va a ser la atención a los mayores ni la biogenética. Va a ser el negocio de la felicidad, ya que vamos a una sociedad en la que la automatización y los robots permitirán fabricar productos a precios accesibles para la mayoría. Comprar cosas costará muy poco porque lo verdaderamente caro será adquirir experiencias.

Ligado a esta industria de la felicidad, surgirá un pujante sector que venderá bienestar físico y psicológico, tratamientos para rejuvenecer, programas para experimentar nuevas sensaciones y máquinas que nos permitirán acceder a una realidad virtual.

No hay más que observar a los adolescentes cómo se relacionan con los móviles y las tabletas para comprender el cambio de paradigma que comportan las tecnologías de la información, en las que lo virtual desplaza a lo real. Ahí están las nuevas generaciones de videojuegos que ofrecen participar en una acción de combate o en una peligrosa expedición por la selva sin movernos de casa.

En cierta forma, la tecnología nos convierte en dioses porque nos facilita comunicaciones instantáneas, una inmensa capacidad de manejo de datos y respuestas rápidas a problemas muy complejos. Pero los grandes avances de la microelectrónica y los ordenadores no pueden hacernos más felices porque no nos ayudan a relacionarnos con los demás.

Aquí reside la gran contradicción que yo veo: mientras se desarrolla esta potente industria de la felicidad y nos seduce con sus tentadoras ofertas, el hombre está cada vez más aislado por ese onanismo epicúreo, que coincide con el desplome de los valores y la creciente inseguridad de nuestro mundo.

En la medida en que los seres humanos se dejen llevar por el espejismo de las sensaciones y comiencen a parecerse a los dioses, el individuo será cada vez más frágil, manipulable y vulnerable porque perderá la conciencia de sus límites.

Como sólo la muerte es irreversible, todavía tenemos tiempo para darnos cuenta de que un atardecer en una montaña o un baño en un río serán siempre mucho más gratificantes que unas horas frente a una consola o con unas gafas de realidad virtual. La felicidad es un misterio que se escapa a nuestra comprensión y, por eso, es tan volátil y tan difícil de encontrar.

Me temo que esa nueva industria del placer no va a generar más que frustración porque el deseo es insaciable y la necesidad de experimentar carece de fronteras. Renunciemos a buscar la felicidad y tal vez se nos aparecerá en el recodo de algún camino.

Vía: El Mundo

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