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Iván de Cristóbal Director General de AMT Comunicación

Metaverso: La última frontera hacia no se sabe dónde

Con el mundo real al borde del colapso, nosotros, sus habitantes, hemos decidido invertir miles de millones de dólares en desarrollar otro virtual.

Ávidos por ser los primero en descubrir la siguiente tecno-maravilla que cambiará nuestras vidas y ponerle un nombre sugerente (como fue el blockchain y recientemente los NFT) el fundador de Facebook ha “abierto hilo” con el metaverso, un universo paralelo digital infinito donde podremos trabajar y vivir sin las limitaciones físicas que tanto nos estriñen. Aunque parezca que todo el mundo habla del metaverso, lo cierto es que son aquellos que tienen más que ganar (Facebook, Microsoft, Epic Games, Walt Disney y un numeroso grupo de fondos de inversión) los que más lo publicitan. Por el contrario, la sociedad ha acogido la noticia con una mezcla de curiosidad y escepticismo, y en el caso de los colectivos más jóvenes, indiferencia e incluso rechazo. Como profesional de la comunicación y aficionado a la tecnología tengo claro que el metaverso  solo tendrá futuro si responde a cuatro cuestiones.

La primera es la más pragmática, y es saber si el metaverso nos aportará algo más que lo que ya nos ofrece la tecnología actual. Si nos referimos a hiperconectividad, hoy un cirujano puede operar, gracias al 5G, a un paciente a miles de kilómetros de distancia. Hoy centenares de jugadores ya pueden zurrarse con cualquier juego en línea, llevamos año y medio trabajando en remoto y hoy las ciudades se planifican a partir de sus réplicas virtuales. Si hablamos de inmersión, Playstation lleva años prometiendo el advenimiento de la realidad virtual sin que ésta llegue a producirse. ¿Y qué se ha hecho de los cines y las televisiones en 3D? Nadie quiere ponerse una gafas si no las necesita y el metaverso deberá aportar mucho más que una experiencia inmersiva en un mundo hiperconectado.

La segunda cuestión es saber donde recaerá su gobernanza. Para que la unicidad del metaverso sea una realidad, todas las compañías implicadas deberán cooperar entre si y esto solo ocurrirá si la gobernanza acaba en manos de los usuarios y estará basada en principios éticos. La tercera cuestión es la más apasionante y recae en la utilización de la inteligencia artificial, necesaria para que nuestros avatares, los habitantes del metaverso, se mantengan “activos” mientras que nosotros, sus creadores, dormimos la siesta. Si mi avatar se encuentra con Maluma mientras mi yo real hace deporte y el cantante está de gira, cuánto del Maluma “real” habrá en él, y de qué manera se comportará mi “réplica”. ¿Llegarán nuestros avatares a desarrollar una personalidad diferente a la nuestra? Y llegado a ese punto ¿tendremos algún derecho a borrarlos, o deberemos dejarles volar?. Quizás esta reflexión pueda parecer una ocurrencia extraída de una novelucha de ciencia ficción, pero el propio concepto metaverso ya parte de una novela Ciberpunk titulada “SnowCrash”.

Y para concluir, la cuarta cuestión, y la más importante, cuán ético es gastar tantos miles de millones en la creación de un mundo virtual cuando el real está gravemente enfermo de males sociales, sanitarios, económicos y medioambientales. Cuando veo a las marcas más valoradas del planeta repartir sus inversiones entre la creación de un mundo virtual y la colonización del espacio, me pregunto si los que nos gobiernan hace tiempo que han perdido toda esperanza de salvarnos, o si se están salvando ellos y, sencillamente, estamos ante la cortina de humo más cara de la historia.

Iván de Cristóbal, Director General de AMT Comunicación

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