No es país para innovadores

Todos conocemos a Google. Cada día, en casi cualquier rincón del mundo, millones de personas utilizan su célebre buscador para encontrar respuestas a sus preguntas. En menos de 20 años desde sus humildes comienzos, Google se ha convertido en un titán de la innovación tecnológica mundial. Un gigante de ganancias multimillonarias, admirado, deseado y envidiado por muchos emprendedores.

Pero, ¿qué hubiera ocurrido si el nacimiento de Google hubiera tenido lugar en la Universidad Complutense de Madrid en lugar de en las aulas de Stanford? Pues que, con mucha probabilidad, hoy no estaríamos hablando de él porque no habría salido adelante.

Las razones detrás de esta desoladora respuesta a esta hipotética pregunta son muchas pero, en esencia, se resume en una frase: La cultura del riesgo es un bien escaso en España. Ni la sociedad, ni los inversores y, ni mucho menos, el sistema están adaptados para la generación y fomento de arriesgadas empresas punteras en I+D. De hecho, las pocas y notables empresas innovadoras que se crean en España no aparecen gracias a la idiosincrasia española sino a pesar de ella.

A continuación, vamos a detallar con más profundidad cuáles son, en mi opinión, las principales barreras a la innovación en nuestro país en sus 3 frentes, totalmente interrelacionadas entre sí.

Sociedad

¿En qué piensa un español, normalmente joven, nada más terminar su periodo formativo? Exacto. En encontrar empleo y, a ser posible, lo más estable posible. Y, así, alcanzar el nirvana laboral es convertirse en funcionario de por vida. Va en nuestra cultura: Buscar empleo y exigir a los demás que creen empleo. A casi ninguna persona se le enseña, motiva ni plantea que él mismo podría tener la posibilidad de crear su propio empleo, su propia empresa.

En los países anglosajones, la mentalidad de oposiciones española no se concibe. Raramente hay puestos de por vida porque saben muy bien que tiende a matar la iniciativa, el esfuerzo y espíritu emprendedor. De hecho, los jóvenes de estos países no valoran tanto el funcionariado como aquí. Desde el extranjero no se concibe que haya personas que se maten a memorizar durante años para obtener un puesto de por vida, independientemente de la productividad. Esta figura es excepcional en estos países, dónde se suelen hacer evaluaciones anuales para valorar la continuidad de sus trabajadores.

De partida, ya existe una escasa predisposición a crear empleo pero, ¿qué ocurre entre los pocos elegidos en los que la semilla de la emprendeduría germina? Que la mayoría de los emprendedores montan bares, literal y metafóricamente hablando. Se crean empresas que son más de lo mismo, sin arriesgarse a apostar por algo verdaderamente nuevo. Se apuesta por lo seguro y por lo que dé más dinero a corto plazo. Por eso, las inmobiliarias y las constructoras florecieron tanto en los pasados años, eran un chollo seguro basado en una burbuja. También lo vemos en empresas que se dedican a copiar ideas e iniciativas que ya se sabe que tienen éxito en otros países.

Es muy tentador y lógico hacer un negocio sobre seguro, pero nunca un país va a despuntar económicamente sobre los demás si sus emprendedores no arriesgan en desarrollar servicios y productos que no había hasta ahora en el resto del mundo. La inversión en I+D de las empresas españolas es mínimo y, a menudo, se convierte en una forma de acceder al dinero de las subvenciones sin apostar verdaderamente por la innovación.  Si esta inversión ya era escasa antes, con la crisis actual este problema se agudiza aún más.Lo anterior es un camino a la perdición: si las empresas no evolucionan, mediante la innovación de sus productos y servicios, no podrán adaptarse a un mercado cada vez más competitivo y su futuro peligrará.

Por otro lado, el colectivo que más podría aportar a la creación de empresas punteras en I+D, los científicos, suele vivir al margen de las empresas, tanto por decisión propia como por presiones del sistema (que mencionaré más adelante). Desde la Universidad, todavía hay muchos que siguen viendo con malos ojos que un profesor cree o colabore con una empresa, como si fuera un sacrilegio al espíritu académico más puro consistente en enseñar, investigar y publicar artículos científicos.

Inversores

Los que manejan la pasta en nuestro país adolecen de los mismos estereotipos que la mayoría de los emprendedores: buscan el mínimo riesgo y la máxima y más pronta rentabilidad. Si en la sociedad española el nirvana laboral era el funcionariado de por vida, en los inversores el nirvana es el pelotazo económico: ingentes beneficios, caiga quién caiga.

Que haya muy pocos emprendedores con ganas de innovar y arriesgarse es un problema, pero que muchos de los potenciales inversores del país se nieguen a arriesgarse a financiar a los primeros, multiplica la magnitud de este problema. Nunca hay que olvidar que crear una empresa no es sólo cuestión de voluntad, también hay que disponer de dinero para ello, lo que frena la iniciativa de muchas personas. Esto es especialmente acuciante en el terreno de la I+D donde se suele requerir una importante inversión inicial (salvo áreas como la informática) para el desarrollo de la empresa, imposible de asumir sólo por sus fundadores.

Al margen de los inversores privados, la financiación pública de proyectos innovadores cojea muchas veces por su mentalidad. Suelen exigir un retorno de la inversión del dinero tan rápido que no es real para los modelos de negocio de empresas innovadoras. Buscan empresas innovadoras con retornos económicos de bares (seguros e inmediatos) y eso es como el santo grial: todos los buscan pero nadie lo encuentra. De hecho, ni siquiera Google fue rentable hasta muchos años después. Desde la creación de su idea (año 1996) la empresa no fue rentable hasta el año 2001, cuando tuvo 7 millones de beneficios. Tres años más tarde, salió a bolsa con un capital de 1,6 mil millones de dólares.

Otra de las barreras a la innovación procedentes de muchos inversores es que se encuentran en un “quiero y no puedo” de la empresa innovadora. La buscan, pero no quieren arriesgarse, así que apuestan por modelos de negocios innovadores… que ya han creado en otros países y saben que pueden ser rentables. Otras veces, valoran más la experiencia previa de los emprendedores en otros proyectos anteriores, que la idea actual en sí, lo que también obstaculiza la creación de empresas por parte de los más jóvenes (un colectivo que normalmente es más arriesgado) al no poseer esa baza de la experiencia a pesar de que su idea innovadora sea muy buena.

Por desgracia o por fortuna, la crisis aprieta y parece que cada vez más son los inversores que se han concienciado que si invierten un poco en una serie de empresas innovadoras, alguna de ellas cosechará bastantes frutos como para compensar el gasto conjunto.

Sistema

Seamos claros. Crear una empresa es un infierno en España, sea del tipo que sea. Mínimas facilidades, “burocracia” abochornante, trabas por todos lados… Desde el primer momento en que creas una empresa tienes un goteo de gastos constante aunque tengas cero beneficios. No es, desde luego, sorprendente que España se sitúe en el puesto 147 sobre 180 países en cuanto a dificultad para crear una empresa, equiparándose a los países africanos.

Mientras tanto, en países como Inglaterra, se dan facilidades a la creación de empresas hasta que alcancen cierto nivel de rentabilidad. Resulta curioso que, en un país con tanto paro y con una destrucción constante de puestos de trabajo, los Gobiernos no hagan absolutamente nada para favorecer ni agilizar la creación de empleo. ¿Por qué? Es una respuesta que se me escapa. El caso es que si ya de por sí resulta difícil crear una empresa convencional, con una empresa innovadora la experiencia puede resultar verdaderamente traumática, sobre todo porque se suele necesitar grandes desembolsos y retornos lentos de la inversión.

Por otro lado, desde el ámbito universitario y de centros de investigación se premia principalmente la enseñanza y/o la publicación de artículos científicos pero muy poco la creación de patentes y absolutamente nada la creación o colaboración con empresas que exploten los frutos de las investigaciones. Esto supone un doble riesgo para un científico que quiera montar o colaborar con una empresa ya que, además del riesgo inherente de la creación de empresas innovadoras, se encuentra con que destina tiempo a una actividad que no le van a valorar en su carrera universitaria/investigadora, dejándole en una situación de desventaja con sus compañeros.

Un factor importante para el desarrollo de las empresas innovadoras más punteras es su asentamiento en una ciencia básica de financiación sólida y estable. Los productos y servicios más novedosos surgen de lo que un día fue investigación básica. Por eso, si la ciencia básica cojea, las empresas innovadoras se arrastran irremediablemente tras ella.

Conclusión

En definitiva, España no es país para innovadores. La cultura del riesgo, necesaria para crear y financiar empresas basadas en I+D, es escasa y el sistema no hace nada para ayudar a su creación. Sin embargo, es el momento ideal para cambiar todo esto. Hemos llegado a unas cifras alarmantes de paro y a una destrucción masiva de puestos de trabajo yendo siempre a lo seguro. ¿Qué mal nos va a hacer intentar cambiar las cosas y arriesgar a crear empresas innovadoras? Como decía Einstein, “Locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultados”. Así pues, hay que apostar por cambiar la forma de crear empleo.

Vía: Amazings.es

Shora

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