
Hay una palabra que últimamente aparece en todas las conversaciones sobre inteligencia artificial, marketing, publicidad y comunicación: Criterio. Criterio humano. Criterio creativo. Criterio profesional.
De repente todos tenemos criterio. Uff qué bien! Entonces, ¿antes estábamos improvisando?
La revolución industrial transformó el trabajo de artesanos, tejedores y tantos otros que vieron cómo una máquina podía hacer lo que ellos habían aprendido durante años. Más rápido. En mayor cantidad. Sin necesitar comer, ni parar para ir al baño. Para un negocio, aquello fue una idea estupenda. Para personas de familia que tenían un oficio, probablemente bastante menos.
Surgieron nuevas industrias, profesiones y oportunidades. Aumentaron la producción y la riqueza. Pero también hubo explotación laboral, los derechos no venían incluidos con la maquinaria. Así que hubo que pelearlos. Y fue justamente en ese momento de la historia, donde nosotros humanos hemos empezado con la crisis climática que hoy nos afecta.
Porque el progreso tiene eso: llegar sin instrucciones de uso. Así como los hijos. Y poco a poco vamos aprendiendo sobre la marcha cómo trabajarlo. Ahora estamos viviendo otra transformación. La industrialización mecanizó buena parte del trabajo físico. La IA está entrando en el trabajo intelectual y creativo.
Y claro, cuando la máquina empieza a hacer lo tuyo, la conversación sobre innovación se vuelve bastante más personal. Traducir, escribir, diseñar, programar, generar imágenes, hacer una web. Cosas que antes requerían conocimientos específicos ahora están al alcance de mucha más gente.
Eso es maravilloso y eso es complicado. Ambos son verdad. Aunque cualquier telediario ahora mismo parece obligarte en elegir entre la IA es mala y mañana dormimos todos debajo de un puente.
A mí me parece fantástico que alguien pueda dar forma a una idea que antes no tenía recursos para desarrollar. Que pueda experimentar, aprender, probar. Hay gente a la que estas herramientas le han dado alas.
Pero también veo una cierta pasteurización creativa. Todo muy parecido. Mismos símbolos, letras, dibujitos. Si pides algo diferente puedes recibir lo mismo, pero en otro color. Mismo motif. Y entonces aparece nuestra palabra favorita: Lo importante es el criterio.
Vale. Desglosemos. ¿Qué es criterio?
Una regla para juzgar. Un parámetro. Una opinión. Un punto de vista. Un método. Un baremo. ¿Sentido común?
Ah, el sentido común. Ese bien supuestamente común que siempre nos gustaría que más lo tuvieran. ¿Quién decide qué tiene sentido? ¿Quién dicta la razón? ¿Desde dónde estamos mirando?
Porque mi perspectiva y la tuya seguirán siendo diferentes. Por suerte. Si después de todo esto acabamos pensando igual, vaya inversión hemos hecho en estudios, tecnología, aprendizajes…
Yo he estudiado artes escénicas, publicidad, cine. He leído, escuchado música, visitado exposiciones, visto películas, viajado. He trabajado durante años con ideas, imágenes, personas y problemas que no se resolvían con un prompt. Todo eso forma parte de cómo miro. De mi criterio.
Y eso significa que cuando elijo algo, hay un recorrido detrás. Referencias, experiencia, curiosidad. También errores. Algunos bastante educativos y otros que habría preferido poder evitar. Ese es el punto, ese es el asunto.
Tener criterio no puede ser simplemente decir me gusta con suficiente seguridad para que nadie pregunte más. Es poder explicar por qué algo funciona. Para quién. En qué contexto. Qué aporta. Qué está repitiendo sin darse cuenta. Y cuándo conviene tirarlo y empezar otra vez.
También es saber cambiar de opinión. Aunque hayan puesto director delante del cargo.
La IA puede darte veinte propuestas en unos segundos. Pero todavía tienes que decidir si alguna merece existir. Porque producir más no significa tener más que decir.
A veces significa que ahora podemos llenar internet mucho más rápido. Y mira que parecía difícil encontrarle más sitio.
Entiendo el miedo de quienes están viendo cambiar su profesión. Traductores, escritores, realizadores, diseñadores, programadores. Decirles “ya surgirán nuevas oportunidades” puede ser cierto como posibilidad, pero ayuda poco cuando hay que pagar el alquiler este mes.
De momento el propietario de tu piso acepta transferencias, no la promesa de que pasados unos meses tendrás un cargo que aún no existe. Así que tampoco creo que se trate de pedirle a todo el mundo que se calme y haga un curso.
Habrá nuevas tareas, nuevas formas de trabajar y profesiones que aún no sabemos nombrar. Pero cómo se repartan esas oportunidades, quién pueda acceder a ellas y en qué condiciones dependerá de decisiones que tendremos que tomar.
La historia no se repite porque alguien haya escrito “revolución” en una presentación. Mientras tanto, habrá que aprender. Probar. Entender las herramientas. Y seguir alimentando aquello con lo que decidimos qué hacer con ellas.
Leer. Mirar. Escuchar. Hablar con gente que no piensa como nosotros. Salir de nuestra propia referencia.
Porque si todo nuestro aprendizaje consiste en preguntarle a la IA qué deberíamos pensar sobre la IA, igual nos falta abrir una ventana. Me entusiasma poder hacer cosas que antes no podía. Me preocupa que confundamos esa capacidad con saber hacerlas bien.
Y me interesa mucho qué vamos a hacer ahora con todo lo que sabemos.
Quizá el criterio empiece justo ahí: en no dar por bueno algo solo porque suena convincente. Incluido este artículo.
Por Lorraine Gallard, Founder & Strategic Advisor en Gravitate.studio




