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La IA prende la mecha de la productividad (y también del síndrome de «burnout»)

la IA puede efectivamente prender la mecha de la productividad, pero acelera también el síndrome de «burnout» en los entornos laborales.

IA productividad burnout

ESCRITO POREsther Lastra

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La IA asociada a los entornos laborales hizo temer primigeniamente a muchos que está tecnología terminaría despojándoles (más pronto que tarde) de sus puestos de trabajo. Después cambió la narrativa y la IA se erigió en una suerte de salvadora de los trabajadores, a quienes prometió liberar del yugo de las tareas más pesadas y anodinas para poder concentrarse así en tareas estratégicas de verdadera enjundia. Sin embargo, esta segunda narrativa, que ha terminado echando profundísimas raíces en nuestra cabeza de tanto escucharla machaconamente en el transcurso de los últimos años, esconde en realidad una falacia en modo alguno baladí.

De acuerdo con un reciente estudio publicado por Harvard Business Review, la IA puede efectivamente prender la mecha de la productividad, pero acelera también (potencialmente al menos) el síndrome de «burnout» en los entornos laborales. Y es que la IA no reduce exactamente la carga de trabajo (como prometió originalmente), sino que más bien la intensifica.

Al acelerar ostensiblemente el ritmo de trabajo con la IA a su vera, la gente tiende a asumir más tareas y prolongar su jornada laboral más allá de lo que marca su jornada laboral. Y no porque esté obligada hacerlo, sino porque con el soporte de la IA esta posibilidad se antoja a bote pronto menos enojosa. En este sentido, y aunque la productividad emprende efectivamente el vuelo gracias a la IA, no se traduce en tiempo en más tiempo libre para el trabajador, que se siente de alguna manera apremiado a trabajar más (para compensar de alguna manera el hecho de sus responsabilidades laborales no requieran tanto esfuerzo como antes).

Lo más sorprendente quizás del estudio es que el trabajador no es confrontado con presiones externas para aumentar su carga de trabajo. Y no brega con objetivos y expectativas explícitas impuestas desde arriba. La dinámica de prolongar (a veces hasta el infinito y más allá) su jornada laboral es algo que aflora en el trabajador de manera interna. En tanto en cuanto su trabajo se torna más fácil de acometer gracias a la IA, a ojos del trabajador se torna instintivamente más lógico asumir más tareas. Y por eso tan pronto como dispone de algo de tiempo libre, se apresura a aprovecharlo no para descansar más sino para trabajar más.

La IA se lo pone más fácil a la gente a la hora de acometer el trabajo y ello le mueve a asumir más tareas

Lo que parece una necesidad que nace del propio trabajador no tarda, no obstante, en convertirse en una obligación invisible. En las organizaciones modernas la oportunidad se troca, no en vano, con pasmosa facilidad en la norma. Y aquellos trabajadores que son capaces de ejecutar más tareas son medidos en base a esa capacidad, quizás no oficialmente ni explícitamente pero sí de manera más que palpable.

Carcomido quizás por la idea de que sus tareas son ahora mucho más fáciles de ejecutar (y el miedo al folio en blanco se desvanece, por ejemplo, por completo), el trabajador termina sacrificando su hora para comer y otras pausas para trabajar más. La imbricación de la IA en los entornos laborales difumina la línea que separa el trabajo de lo que no es trabajo. Esa línea se torna mucho más porosa y a la postre también más peligrosa.

Con la IA la presión por trabajar más y asumir más tareas deja de ser externa para convertirse en algo interno que anida sobre todo y ante todo en el propio trabajador. Es el propio sentido de la responsabilidad del trabajador el que le mueve a trabajar más rápido y ser más industrioso. En un entorno en el que el trabajo se torna de repente fácil, la procrastinación es percibida como un fracaso. Y la eficiencia se erige en una suerte de categoría moral.

En este sentido, aun cuando la gente pensaba a priori que la IA mermaría ostensiblemente su carga de trabajo, esta tecnología termina obrando en realidad el efecto contrario.

Durante mucho tiempo el debate público sobre la IA ha orbitado impenitentemente en torno a la misma cuestión: ¿es real la productividad asociada a esta tecnología? Sin embargo, esta pregunta se queda inevitablemente corta y no abarca adecuadamente todo el espectro de una tecnología cuyas consecuencias en los entornos laborales van mucho más allá de lo inicialmente aventurado.

Tal y como demuestra la investigación publicada por Harvard Business Review, lo importante no es tanto si la IA nos hace o más productivos, sino también si la productividad a la que da fuelle supuestamente esta tecnología fluye y libera realmente al trabajador. Y no parece que haya en modo alguno una liberación. Si el ahorro de tiempo en el que se traduce el empleo de la IA se traduce automáticamente en más tareas, es obvio que no hay en modo alguno ningún alivio en la carga de trabajo para el trabajador. En este sentido, lo que termina emergiendo a la superficie no es tanto productividad como condensación. El tiempo consagrado a la realización de tareas laborales no se torno más breve, sino más denso. Y no hay menos trabajo, sin que este en realidad termina volviéndose más intenso.

La IA se lo pone más fácil al trabajador a la hora de ponerse manos a la obra e iniciar las tareas que tiene por delante, pero simultáneamente se lo pone más complicado a la hora de dar el alto al trabajo que tiene entre manos. Y si el futuro del trabajo (donde la IA tendrá un rol absolutamente protagonista) termina topándose de bruces con el fracaso no será porque no seamos suficientemente productivos, sino porque nadie pondrá límites y definirá adecuadamente cuando lo suficiente es realmente suficiente, subrayan los autores del estudio.

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