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Trump, la marca que de tanto romper moldes acabó hecha añicos

Tendencias en MarketingLa marca Donald Trump y su viraje de la disrupción a la autodestrucción

El descenso a los infiernos de la marca Trump

Trump, la marca que de tanto romper moldes acabó hecha añicos

De la disrupción a la autodestrucción hay a menudo solo un paso. Y buena prueba de ello es la otrora poderosa (y ahora en horas bajas) marca de Donald Trump.

La disrupción es el codiciado objeto de deseo de muchas marcas ávidas de hacerse notar dando un completa vuelta de tuerca a su ámbito de actividad y de interactuar con su audiencia de maneras radicalmente diferentes.

Sin embargo, en un mundo en el que impera a menudo la cacofonía (provocada por mensajes absolutamente ensordecedores) la disrupción degenera a menudo en caos, un caos en el que acaban trocándose en víctimas las marcas que en su día se entregaron al arte de romper moldes (y los hicieron efectivamente añicos).

De la disrupción a la autodestrucción hay a menudo solo un paso. Y buena prueba de ello es la otrora poderosa (y ahora en horas bajas) marca de Donald Trump, explica Jamie Williams en un artículo para Campaign.

El auge y desarrollo de la marca Trump y su impacto en su patria chica, Estados Unidos, no puede soslayarse en modo alguno. Al fin y al cabo, el pasado mes de noviembre 74 millones de estadounidenses votaron a Trump, más que a ningún otro presidente en el cargo en la historia de Estados Unidos. Pese a los múltiples escándalos que lastraron su mandato en los últimos cuatro años, el presidente mantuvo el apoyo de aproximadamente el 40% del electorado.

Trump, una «challenger brand» que traspasó la delgada línea que separa la disrupción de la autodestrucción

Con su marca, entreverada de ira (la ira de millones de estadounidenses que se sienten ninguneados por las «elites liberales»), Trump logró canalizar en su propio beneficio las emociones (ajenas a la razón) de un vasto grupo de ciudadanos colmados de desafecto por un sistema que parecía haberse olvidado de ellos.

Las «elites liberales» y los medios de comunicación «mainstream» se convirtieron en los últimos cuatro años en el enemigo común de Trump y de sus acólitos, que lejos de ver mermada su ira la intensificaron hasta el infinito y más allá durante el mandato del presidente.

En su día Trump fue una marca disruptiva que consiguió conectar con buena parte del electorado estadounidense, pero tal y como ha quedado demostrado ahora, la línea que separa la disrupción de la autodestrucción es extraordinariamente tenue. Y algunas acciones no son dignas tampoco de ser perdonadas, incluso por los adláteres más fieles del «trumpismo».

Cuando tras los comicios del pasado 3 de noviembre Trump se negó a aceptar la victoria de Joe Biden y es escudó en un supuesto fraude electoral para no admitir su derrota, muchos expertos políticos profetizaron que el «trumpismo» ganaría aún más fuelle y continuaría siendo la tónica dominante en el Partido Republicano.

Pero la semana pasada la marca Trump, esa que estaba abocada a seguir dando la batalla en los próximos cuatro años, protagonizó un viraje hacia su propia autodestrucción, enfatiza Williams.

El «trumpismo» estaba abocado a permanecer al pie del cañón en los años venideros, pero los acontecimientos del 6 de enero acabaron dinamitando la marca Trump

Hasta entonces muchos toleraron los vitriólicos exabruptos del presidente en Twitter, aludieron a los éxitos cosechados por la economía estadounidense antes de que entrara en escena la pandemia del coronavirus y recordaron también los acuerdos de paz conseguidos por Trump en Oriente Medio. Hasta hace poco el «trumpismo» parecía disfrutar de una sólida base para irrumpir de nuevo con fuerza en las elecciones presidenciales de 2024.

Pero todo estalló por los aires el pasado 6 de noviembre con el asalto al Capitolio. Incluso en la mente de muchos conservadores (otrora fervientes acólitos de Trump) el «trumpismo» es ahora sinónimo de caos, de terrorismo y de algo sorprendentemente parecido a un golpe de estado.

Muchos de los que en los últimos años bailaron el agua a Trump con la esperanza de heredar a sus seguidores se dan cuenta ahora de que el tiro les ha salido por la culata. Arriesgaron mucho y han salido finalmente escaldados (para no recuperarse probablemente jamás).

Trump, ese presidente que cimentó su campaña electora en las redes sociales e incluso gobernó desde estas plataformas, se ha quedado fuera de su particular patio de recreo. Y sus secuaces, otrora el epítome del americano medio, son ahora peligrosos terroristas a ojos de muchos.

La provocación y la disrupción son herramientas increíblemente útiles para las denominadas «challenger brands». La marca Trump nació efectivamente como una «challenger brand» y por eso se levantó sobre los cimientos del desafío del statu quo. Sin embargo, la disrupción toma a menudo la bifurcación de la autodestrucción. Y aunque algunas marcas son dignas de ser perdonadas tras deslizarse por la escarpada ladera de la autodestrucción, la marca Trump no será en modo alguno exonerada de sus pecados, concluye Williams.

 

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