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MarketingImagen de Lady Whistledown en Los Bridgerton

Lo que marketeros pueden aprender de Los Bridgerton

3 "folletinescas" lecciones sobre el consumidor actual agazapadas en Los Bridgerton

La lección más importante que Los Bridgerton brinda a los marketeros es que el consumidor desea ser agasajado de vez en cuando con una buena dosis de previsibilidad.

Dicen quienes se han zambullido en ya en las tentadoras y adictivas tramas de Los Bridgerton que la exitosa serie de Netflix amalgama con asombroso tino Orgullo y Prejuicio, Gossip Girl y Cincuenta sombras de Grey. Y es precisamente tan asombrosa mezcolanza lo que la ha convertido en el particular vicio (a veces inconfesable) de millones y millones de personas a lo largo y ancho del globo.

Pero quizás el mayor atractivo de Los Bridgerton sea (más allá de sus tórridas escenas de sexo) su previsibilidad, esa previsibilidad que el espectador busca con denuedo en tiempo preñados de incertidumbre.

Sea como fuere, lo cierto es que agazapadas en esta serie de Netflix hay unas cuantas lecciones que los marketeros harían bien en grabar en su disco duro (si desean conocer mejor al consumidor actual). Elyssa Seidman las disecciona a continuación en un artículo para Entrepeneur:

1. Acciones = consecuencias

Vivimos en una era en la que cualquiera puede decir (en su defecto tuitear) cualquier cosa y salir indemne. Esta es la razón por la que Los Bridgerton fascina a tantísimas personas, porque tiene lugar en un periodo donde las acciones tenían claras e inapelables consecuencias.

Lady Whistledown es una chismosa redomada, pero es también de alguna forma la voz de la verdad y en este sentido hace a los demás responsables de sus propias acciones.

Los chismes de Lady Whistledown tienen un increíble poder e influencia, dando forma en último término a la percepción de la gente a ojos del resto de la sociedad. Quienes incurren en malos comportamientos están a expensas de aceradísimas críticas capaces de destruir reputaciones de familias enteras.

Sin embargo, como bien nos enseñó la telerrealidad a finales de los 90 y principios de 2000, en los tiempos que corren quienes se comportan mal acaparan también más miradas y están en boca de todos (para bien y para mal).

Las redes sociales no han hecho además sino amplificar las voces de quienes hacen gala de un comportamiento a todas luces cuestionable. Y a ello se suma otra problema: que la frontera que separa la verdad de la mentira es cada vez más difusa y a la gente le cuesta distinguir las «fake news» de la información 100% veraz.

En la época retratada por Los Bridgerton Lady Whistledown y sus murmuraciones tenían suficiente autoridad para hacer a la gente responsable de sus acciones (que se traducían de manera casi impepinable en consecuencias).

Actualmente el consumidor es huérfano de voces como la de Lady Whistledown y los bravucones no solo se van de rositas sino que son agasajados con la fama elevada a la máxima expresión. Quizás (solo quizás) el siglo XXI está pidiendo a gritos su propia Lady Whistledown.

2. Algunas cosas siguen siendo sagradas

Lo que la sociedad actual califica de comportamiento típico (y perfectamente aceptable) es intolerable para las damas y los caballeros que desfilan por Los Bridgerton.

Cuando Daphne, la protagonista de la serie de Netflix, es cortejada por sus pretendientes, estos tratan de ganarse su corazón a base de buenas palabras e intenciones siempre prístinas.

Mucho ha llovido, no obstante, desde entonces. A día de hoy el arte del cortejo es mucho menos sutil y bastante más agresivo cuando quienes están bajo la lupa son las mujeres (en particular las que son menores de 35 años).

En el lucrativo mercado de las apps de citas online las féminas tienen que lidiar con múltiples formas de acoso. Precisamente por esta razón, y para crear un espacio seguro de «dating» online para las mujeres, vio la luz Bumble en 2014.

Fundada por Whitney Wolfe, Bumble, que ha debutado recientemente con muchísimo éxito en los parqués bursátiles, nació con el último objetivo de crear un espacio seguro y respetuoso donde el romance fuera objeto de celebración. Ni que decir tiene que los protagonistas de Los Bridgerton no hubieran necesitado jamás una plataforma como Bumble. Para ellos el respeto mutuo en la búsqueda del amor era un «must» (y muy pocos se atrevían a quebrantarlo, so pena de ser hechos pedazos por la lengua viperina de Lady Whistledown).

3. La felicidad no está a un post en las redes sociales de distancia

En Instagram y otras redes sociales, donde la gente comparte profusamente sus logros, todo el mundo parece haber saboreado las mieles de la felicidad salvo quien ejerce de mero de espectador de los éxitos (a veces fariseos) de los demás.

Los Bridgerton muestra a personajes constreñidos por roles muy definidos y por responsabilidades que son también claras como el agua. Y aun así, pese a la flexibilidad con el consumidor actual gobierna su propia vida, no puede tampoco sino envidiar aquella época ya lejana en la que la vida era tan sencilla como previsible.

Fijémonos, por ejemplo, en el viejo y en el moderno modelo de carrera profesional. Otrora el trabajador se abría paso en una empresa con la esperanza de escalar puestos en la escalera corporativa y poder jubilarse en idéntica compañía a los 65 años. En el siglo XXI labrarse una carrera profesional es bastante más complicado. Las estructuras organizacionales son mucho más planas, la progresión profesional no es tan evidente ni tan clara y las habilidades aparentemente relevantes se quedan «demodé» de las noche a la mañana.

Puede que los protagonistas de Los Bridgerton no tuvieran el privilegio de forjar su propio camino, pero el consumidor actual (que sí es dueño de tal privilegio) no puede sino añorar un época tan envarada en sus normas como estable.

En un era en la que el cambio (absolutamente imprevisible) gobierna nuestras vidas, los marketeros deben recordar que la gente (por mucho que diga a veces lo contrario) aborrece el cambio. Por eso quizás la mayor lección que Los Bridgerton brinda a los marketeros es que el consumidor desea ser agasajado de vez en cuando con una buena dosis de previsibilidad (en particular en tiempos completamente a merced de la incertidumbre).

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