Una realidad que trae a la mente dos ideas. La primera, del escritor Malcolm Gladwell que propuso la teoría de que hace falta trabajar 10.000 horas en algo para ser bueno en ello. La otra, que no hace falta saberlo todo.
Tener éxito cuando eres joven hace que la gente espere cosas de ti y te lleva a creer que deberías saberlo todo. Una frustración que comparten jóvenes emprendedores, ejecutivos y especialistas en redes sociales que han pasado de las aulas a un puesto ejecutivo de un día para otro.
Pero sólo la experiencia es capaz de enseñar a los profesionales que decir “no lo sé” con confianza no erosiona la reputación de nadie. Simplemente hace que se dejen de tomar decisiones que requieren un conocimiento o una experiencia que no se tiene. En estas situaciones suele funcionar mejor admitir que no se sabe algo, y asegurar que se buscará una solución.
La reacción a esta respuesta, lejos de molestar a la gente o de menospreciar al profesional que lo dice, hace que el resto se involucre en el equipo, aportando su parte de conocimientos para poder obtener un resultado.
Y es que decir “no lo sé”, aporta conocimiento, experiencia, mejora la colaboración y el aprendizaje, crea carácter, respeto y líderes y, al final, lleva a equipos más fuertes, mejores talentos y líderes sabios.