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Así transforma el COVID-19 la economía de las experencias

3 razones por las que el coronavirus dará alas (infinitas) a la economía de las experiencias

La economía de las experiencias, esa que el coronavirus ha dejado en suspenso, renacerá aún más ímpetu cuando dejemos atrás la crisis emanada de la pandemia.

coronavirus

Autor de la imagen: Ahmed Amer

Antes de que el coronavirus irrumpiera en nuestras vidas y se apoderara casi al 100% de ellas, la economía de las experiencias estaba en la cresta de la ola. Pero, ¿qué futuro (a bote pronto lóbrego) le depara a una economía totalmente a merced las experiencias en la vida real en un momento en que ciudades y países enteros están abocados al confinamiento?

Puede que el presente no sea a priori excesivamente halagüeño para la economía de la experiencias, que se ha quedado inevitablemente «congelada» como consecuencia de la pandemia del COVID-19, pero el futuro que le aguarda por delante a esta disciplina puede ser realmente esplendoroso. Martin Schnaack enumera los motivos en un artículo para Horizont:

1. El coronavirus intensifica el anhelo de experiencias reales

El ser humano es profundamente social y no solo necesita comida y toneladas de papel higiénico para sobrevivir sino también contacto interpersonal, intercambios con los demás y experiencias comunitarias que vayan más allá de su diminuto espacio vital, ese que constituye su morada.

Los seres humanos están realmente vivos cuando tienen experiencias en su vera. Y el COVID-19 no aniquilirá esta necesidad ancestral. Es más, la reforzará. La reclusión en las cuatro paredes de nuestro hogar, esa a la que nos ha forzado la pandemia, es solo una suerte de «ayuno social» y cuando lo concluyamos, tendremos más apetito de experiencias y añadiremos más sensibilidad a la ecuación.

Puede que las grandes experiencias colectivas de nuestro tiempo (los festivales, los eventos deportivos y los conciertos) hayan sido canceladas o postergadas. Pero simultáneamente la importancia de las experiencias no hace sino pegar el estirón en la unidad social más minúscula: aquella que constituyen nuestros seres queridos.

Liberados del frenesí del trabajo, mucha gente vuelve a agarrar el teléfono de nuevo para mantener largas conversaciones, esas que hasta hace poco habían reemplazado los mensajes (muchas veces majaderos) enviados a través de WhatsApp.

Las experiencias colectivas no han muerto como consecuencia del coronavirus. Simplemente han migrado a las plataformas digitales, que alientan la cercanía entre las personas en momentos en los que la distancia social es absolutamente imperativa.

2. El COVID-19 se traduce en nuevo sentido de experiencia

Desde hace unos días mucho de lo que otrora parecía profundamente relevante se ha quedado huérfano de relevancia. Las coordenadas de valores por las que hasta hace poco se regían nuestras vidas mudan de piel y emergen nuevos valores.

La crisis planta la simiente de una nueva solidaridad, la desplegada, por ejemplo, con los mayores, aquellos que son más vulnerables precisamente a los efectos de la pandemia. Somos además más solidarios con el personal sanitario, con las fuerzas del orden, con los trabajadores de los supermercados y con los transportistas que trabajan contrarreloj para que no nos falten artículos de primera necesidad en las tiendas.

En la nueva situación emanada del coronavirus ha emergido un nuevo sentido de la responsabilidad y de la cohesión. Y esto tendrá un efecto extraordinariamente duradero en la economía de las experiencias, unas experiencias que ya no consumiremos como si fueran «fast food» sino de manera mucho más selectiva a la vez que profunda.

Esto forzará a la economía de las experiencias a subir el listón de calidad. Cuando hayamos dejado detrás la crisis, las experiencias deberán agasajar al consumidor con verdadero valor añadido para convencerle de abandonar la seguridad de su hogar.

Y los retailers serán confrontados con la hercúlea tarea de tarea de reinventarse a sí mismos para que después de una fase de privación del consumo la gente quiera realmente regresar a las tiendas. Al fin y al cabo, el consumidor habrá descubierto durante la cuarentena (si acaso no lo sabía ya antes) que todo, absolutamente todo, puede comprarse en internet. El punto de venta físico deberá enarbolar la bandera de la experiencia para seguir siendo relevante.

3. El coronavirus acelera la transformación digital

El COVID-19 nos ha obligado a confinarnos en casa. Y bajo el yugo de nuestro propio hogar nos hemos arrojado en brazos del e-commerce, de los servicios de «delivery», de las plataformas de vídeo en streaming e incluso del bricolaje.

Encerrados en la cuatro paredes de nuestra casa, otorgamos además un nuevo valor a las redes locales, aquellas que se tejen a través del «home office» y los balcones rebosantes de aplausos.

Los fabricantes locales ganan en relevancia con la cadena global de suministros interrumpida y las videconferencias reemplazan a las viajes de negocios. La crisis del coronavirus se ha convertido en realidad en catalizador de la sostenibildad.

Fustigado por el coronavirus, el universo de los negocios saca a relucir más que nunca sus propias debilidades. Pero aquellas empresas que ya tienen incrustada la comunidad en su ADN están mejor posicionadas para afrontar la crisis (tanto offline como online). Parapetándose en el sentido de la comunidad, las compañías están más obligadas que nunca a tender puentes entre el mundo real y el mundo virtual (y viceversa). Y una vez tendidos tales puentes, la transformación digital copará (merecidamente) todos los focos en la economía de las experiencias.

 

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